¿Leche fría o caliente?

¿Con o sin leche?
Las visitas de Pilar, mí nieta, para mi siempre, son mágicas, llenándome de felicidad.
Está última vez, su encanto revivió un recuerdo de lo que sucedió hace más de sesenta años.
Andaba ella buscando entre mis cosas algo para llevarse, algo simbólico creo, ya que se mudaba a vivir sola por primera vez y algo de la abuela podría ser un amuleto o talismán, un protector.
De repente sacó de entre los platos y compoteras del comedor una lecherita de loza pintada con forma de vaquita.
Las manecillas del reloj comenzaron a girar en reversa, sentí como que el piso temblaba.
— Querida Pili, podés llevarla, pero no sin antes escuchar la historia de ese objeto.
Los ojitos de Pili más brillantes, si pudieran serlo , aceptaron la condicion.
Se sentó cómodamente a escuchar el relato, recordé  cuando le contaba cuentos.
_ Hace muchos años, cuando estaba de novia, me estaba despidiendo de tu abuelo, en la puerta de mi casa de soltera, allá en Bernal, eran despedidas largas, dónde el deseo y el control jugaban una pulseada. 
En aquél entonces, los noviazgos eran definitivamente para casarse y las chicas decentes se mantenían castas.
A esa altura Pili estaba de lo más intrigada, ¡cuántas palabras caídas en desuso! Espetó.
La historia es que cuando nos estábamos besando para despedirnos por décima vez se abrió la puerta derecha de la camioneta y se subió a mí lado un pendejo armado con un diente enfundado en oro mientras un golpe metálico sonó del lado derecho de la cabina y un tercero se subió a la caja trasera de la flamante Ford f 100 roja.
Pili seguía sin entender que tenía que ver todo eso con su objeto, pero se mantenía atenta.
—Dame todo, dame todo, dijo el chorro y yo apreté contra mí pecho la bolsa de papel madera con mí primer compra para la casa que compartiría con Aníbal, esto no , esto no grité, -era la lecherita. 
 El chorro me bajó tirándome  de un brazo, —loca de mierda —me gritó —y— no se te ocurra llamar a la policía.
 Se fueron llevándose a Aníbal con ellos.
Entré a casa como pude, temblando, el pelo batido se había ladeado, el rimel llegaba hasta mi boca y la lecherita intacta.
Pocos minutos después tocó el timbre Aníbal que lo habían soltado unas cuadras más arriba, arriba porque esa calle tiene una loma. 
La camioneta apareció días después, a pocas cuadras, eran otros códigos, Pilula mía.
Pasaron unos minutos  hasta que volvimos a hablar, creo que tardamos un rato en volver al presente.
Hoy mi vaquita está en un lugar privilegiado en la casa de Pilu y Nes, con su historia recuperada.
Roxana 
#PoemasRoxanaBogacz

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